Diego Fierro Rodríguez
Pienso que pocos fenómenos en la historia reciente han generado una mezcla tan intensa de expectación y ansiedad como la inteligencia artificial. Su irrupción y consolidación no es simplemente la llegada de otra herramienta más; es, en realidad, un cambio de paradigma que está redefiniendo desde los cimientos cómo trabajamos, nos relacionamos e incluso pensamos. En el ámbito jurídico, esto es particularmente palpable. La inteligencia artificial no solo está automatizando tareas; está empezando a cuestionar nociones que dábamos por sentadas, como la autoría, la responsabilidad, la interpretación e incluso la propia predictibilidad de las decisiones judiciales.
Nos hallamos en un momento histórico donde el cambio no es lineal, sino exponencial, y eso, naturalmente, produce vértigo. El ruido mediático y los debates públicos a menudo se polarizan entre dos extremos: por un lado, una fascinación casi ingenua que ve en la tecnología la solución a todos los problemas y, por otro, un temor apocalíptico que la pinta como la precursora de un futuro distópico. En medio de este fragor discursivo, ¿dónde encontrar un punto de apoyo firme para la reflexión? Considero que ahí radica el valor incalculable de una voz serena y experimentada.
La figura de Antonio Garrigues Walker emerge precisamente como ese faro de ponderación. A sus 91 años, su trayectoria no es solo la de un jurista eminente, sino la de un testigo y actor de primer orden en la transformación de España y del mundo durante casi un siglo. Su perspectiva, por tanto, está bañada por una doble cualidad: la profundidad del humanista que comprende los valores permanentes y la agudeza del práctico que ha navegado incontables olas de cambio. Su advertencia sobre la inteligencia artificial es, en esencia, un llamado a la cordura. Él no niega los riesgos; sería irresponsable hacerlo. Pero sí desafía la narrativa del miedo como rector de nuestra actitud.
Imagínense que, ante la invención de la imprenta, la comunidad de copistas medievales hubiera decidido paralizarse por el pánico en lugar de adaptar sus habilidades. Algo similar sucede hoy. Garrigues sugiere que el temor, cuando se convierte en la lente principal a través de la cual observamos la innovación, nos ciega. Nos impide analizar con frialdad, nos paraliza para gobernar el proceso y, en última instancia, nos hace perder la oportunidad de dirigir el cambio hacia fines socialmente valiosos. Su postura no es, en absoluto, una defensa acrítica de lo nuevo. Es, más bien, una invitación a un examen exigente. Lo que realmente está en juego, y esto es crucial en su pensamiento, no es el destino de las máquinas, sino el nuestro. Se trata de definir qué lugar queremos que ocupe el ser humano —con su juicio, su ética y su capacidad para comprender contextos— en un ecosistema cada vez más poblado de algoritmos.
II. La abogacía en un mundo dominado por datos y algoritmos
Para entender la postura de Garrigues, debemos primero apreciar su concepción de la abogacía. Él no la ve como un oficio técnico, reducible a la mera aplicación de normas a casos concretos. En su visión, la abogacía es una profesión esencialmente social y humanística. Es el arte de organizar la convivencia, de mediar en el conflicto y de articular relaciones complejas bajo el paraguas de la justicia y la equidad.
Un abogado, en este sentido, es un traductor entre el lenguaje frío de la ley y la cálida y desordenada realidad de la vida humana. Esto me sugiere una pregunta fundamental: cuando una tecnología altera radicalmente cómo procesamos la información y tomamos decisiones, ¿no está tocando el corazón mismo de esta profesión? Por supuesto que sí. La revolución digital, y ahora la inteligencia artificial, han transformado los ritmos y las herramientas del trabajo jurídico de un modo que hubiera sido inimaginable hace 30 años.
Pensemos en ejemplos cotidianos. La comunicación instantánea ha comprimido los plazos y ha creado una expectativa de disponibilidad permanente. Los grandes repositorios de jurisprudencia y doctrina, accesibles en segundos, han democratizado la información pero también han aumentado la sobrecarga cognitiva del profesional, que debe filtrar un volumen de datos ingente. Y la automatización de tareas repetitivas —como la revisión de miles de documentos en un due diligence o la generación inicial de contratos estándar— ha liberado tiempo, pero también ha redefinido el valor económico de ciertas labores.
La inteligencia artificial no es, por tanto, un espectro futuro. Es una realidad operativa que ya condiciona la estrategia de los despachos, la relación con los clientes y la propia formación de los juristas. Garrigues asume esta realidad con una pragmática falta de nostalgia. Para él, la cuestión clave se desplaza del si al cómo. ¿Cómo incorporamos estas herramientas sin desnaturalizar la esencia de la función jurídica? Aquí introduce una distinción vital, casi filosófica: la técnica debe estar al servicio del juicio humano, no al revés.
Es como si a un cirujano se le dotara de un robot de una precisión nanométrica. El robot no sustituye al cirujano; aumenta sus capacidades, pero la decisión de dónde cortar, el diagnóstico previo y la responsabilidad última siguen residiendo en el profesional. En el derecho, el desafío análogo consiste en integrar la inteligencia artificial de tal forma que potencie —y no erosione— la capacidad analítica, estratégica y, sobre todo, ética del abogado. Una herramienta de inteligencia artificial puede identificar patrones en sentencias y predecir probabilidades de éxito, pero no puede comprender la angustia del cliente, evaluar la equidad de un acuerdo en un contexto social específico, ni asumir la responsabilidad moral de un consejo.
El verdadero trabajo del jurista comienza donde termina el cálculo de la máquina. Entiendo que Garrigues nos alerta sobre el riesgo de la deshumanización por pereza intelectual: la tentación de aceptar el output algorítmico sin el filtro crítico necesario. Ello me obliga a deducir que la adaptación tecnológica exitosa requiere, paradójicamente, reforzar nuestras habilidades más humanas.
III. El miedo como obstáculo intelectual y profesional
Uno de los aportes más lúcidos de Garrigues es su disección del miedo como reacción predominante. Durante su intervención en el foro Pathfinders, fue taxativo: la inteligencia artificial ya está presente en todos los debates jurídicos relevantes, desde la protección de datos hasta la responsabilidad civil de los vehículos autónomos, pasando por la propiedad intelectual de las obras generadas por sistemas. Ignorarla, por tanto, no es una postura realista; es una forma de autoexclusión. La tecnología ha venido para quedarse y evolucionar. Asumir esto es el primer paso. Frente al temor muy extendido —y comprensible— a que las máquinas reemplacen a los abogados, Garrigues formula una máxima que debería enmarcarse en todas las facultades de derecho: no será la inteligencia artificial la que sustituya al abogado, sino otro abogado que sepa utilizarla mejor.
Esta afirmación, aparentemente simple, condensa una lección histórica profunda. La historia de las profesiones está llena de momentos de disrupción tecnológica. Los contables no desaparecieron con las hojas de cálculo; los más adaptados prosperaron. Los corredores de bolsa no se extinguieron con el trading algorítmico; se transformaron. La herramienta en sí es neutra en términos de intencionalidad; el impacto lo determina la capacidad humana para dominarla y dirigirla. El miedo, en este contexto, se transforma de un escudo protector a un lastre peligroso. Conduce al inmovilismo, fosiliza los métodos y, lo que es peor, nubla la visión para identificar oportunidades.
En un mercado legal cada vez más competitivo y globalizado, el profesional que se resista por temor a aprender se encontrará en una clara desventaja frente a aquellos colegas que hayan abrazado el cambio como una vía para hacer un trabajo más profundo, más estratégico y más valioso para sus clientes. Temer a la inteligencia artificial es, en palabras de Garrigues, renunciar anticipadamente al futuro. Es como negarse a aprender a usar un ordenador en los años 90: uno podía sobrevivir un tiempo, pero su relevancia y eficacia se erosionaban día a día.
IV. Humanos y máquinas: colaboración frente a catastrofismo
Garrigues amplía el marco de la discusión más allá de la mera utilidad profesional. En una reflexión de 2024, planteó que el verdadero problema de fondo no es la existencia de la inteligencia artificial, sino la definición del papel que los seres humanos queremos reservarnos en un mundo donde las máquinas tienen una influencia creciente. Con este movimiento intelectual, desplaza el foco de la tecnología en sí —que es solo un instrumento— hacia la responsabilidad humana en su diseño, gobernanza y aplicación final. Es una llamada a recuperar la agencia.
Las narrativas catastrofistas, aquellas que pintan escenarios de dominación por sistemas autónomos, tienen un efecto paralizante y, a menudo, simplificador. Contrapone a ellas una visión de colaboración simbiótica. Sin negar en absoluto los riesgos reales —sesgos algorítmicos, opacidad en la toma de decisiones, vulneraciones de privacidad a gran escala—, defiende que la inteligencia artificial puede ser un formidable instrumento de enriquecimiento humano si sabemos establecer los límites adecuados.
En el terreno jurídico, este modelo de colaboración se vislumbra con especial claridad. Tomemos un ejemplo concreto: la fase de descubrimiento de pruebas en un litigio complejo. Tradicionalmente, equipos de abogados jóvenes dedicaban cientos de horas a revisar carpetas y carpetas de documentos. Hoy, un sistema de inteligencia artificial entrenado puede hacer una primera revisión, identificar patrones, agrupar documentos por relevancia temática e incluso señalar posibles inconsistencias. ¿Esto elimina puestos de trabajo? Puede redefinirlos.
El abogado senior ya no gasta su energía en esa tarea monumental de criba; liberado de esa carga, puede dedicar su tiempo y su criterio experto a lo que realmente importa: diseñar la estrategia global del caso, interpretar el significado jurídico de los documentos clave, anticipar los movimientos de la contraparte y, sobre todo, aconsejar al cliente con una visión de conjunto que la máquina nunca tendrá. El desafío, entonces, no es técnico, sino de supervisión. Debemos evitar la cesión acrítica del control. La máquina sugiere; el humano decide. La máquina calcula probabilidades; el humano evalúa justicia. Esta dialéctica es la que puede llevar a una práctica del derecho más sofisticada y humana, no menos.
V. Adaptarse al cambio sin abdicar de la responsabilidad
Quizás el mensaje más persistente y valioso en la reflexión de Garrigues es el llamado a una adaptación activa e inteligente. El cambio tecnológico es un hecho, una fuerza imparable impulsada por dinámicas económicas y científicas globales. Pero la forma en que una profesión, una sociedad o un ordenamiento jurídico responden a ese cambio es una elección. Adaptarse no significa claudicar, no implica aceptar con resignación pasiva todo lo que el mercado tecnológico imponga. Al contrario, exige una actitud proactiva y crítica. Significa comprender los fundamentos de la tecnología para poder regularla con sensatez, debatir sus implicaciones éticas con rigor y, en definitiva, domesticarla para el servicio del interés general.
Garrigues insiste mucho en la necesidad de crear foros de discusión multidisciplinares. No basta con que los ingenieros hablen entre sí, o los juristas debatan encerrados en sus códigos. Hacen falta espacios donde filósofos, tecnólogos, sociólogos, economistas y juristas confronten perspectivas. ¿Qué tipo de responsabilidad queremos atribuir a un sistema autónomo? ¿Cómo preservamos la transparencia y el derecho a la explicación en decisiones algorítmicas que afectan a derechos ciudadanos? Estas preguntas no tienen respuestas fáciles, y Garrigues lo reconoce. Pero advierte con razón que eludir la reflexión es ya una forma de tomar una decisión: es la decisión de dejar que otros, con posibles intereses espurios o una visión meramente utilitarista, marquen el rumbo por nosotros.
En el ámbito específico del derecho, adaptarse con responsabilidad implica una tarea de preservación consciente. Hay valores y funciones que, por su naturaleza, son inautomatizables y que constituyen el núcleo duro de la profesión. La equidad, como ajuste fino de la justicia general al caso concreto; la responsabilidad personal del jurista que firma un dictamen; la valoración prudente de los contextos sociales y humanos detrás de un conflicto; la conciencia de las consecuencias a largo plazo de una sentencia o un contrato. La tecnología puede ser un asistente brillante para todo lo que sea cálculo, procesamiento y organización. Pero nunca podrá ser el sustituto de la sabiduría práctica, de la phronesis aristotélica, que es la esencia del buen jurista. Debemos usar las herramientas para hacer más espacio y dar más calidad a ese tipo de juicio.
VI. Conclusión: una advertencia desde la experiencia
El aviso de Antonio Garrigues trasciende el consejo práctico para convertirse en una lección de sabiduría aplicada. No es un mensaje de optimismo ciego, sino una advertencia templada por la experiencia de décadas observando ciclos de pánico y euforia. Él ha visto cómo el miedo a lo nuevo suele ser un mal consejero, porque contrae la mente y la cierra a posibilidades. La inteligencia artificial, nos dice, encierra riesgos tangibles que exigen regulación, vigilancia y principios éticos sólidos. Pero también abre un abanico de oportunidades inéditas para potenciar la inteligencia humana, para liberarnos de lo rutinario y permitirnos concentrarnos en lo verdaderamente complejo y creativo.
Rechazar de plano esta tecnología por temor es, en el fondo, una forma de resignación intelectual. Equivale a renunciar a comprender y, por tanto, a moldear, el mundo que ya se está construyendo a nuestro alrededor. Aceptarla, en cambio, sin el filtro del pensamiento crítico y la responsabilidad profesional, sería una abdicación de nuestro rol como juristas.
Garrigues nos señala un camino intermedio, que es el más exigente: la vía de la adaptación consciente. Un camino que requiere estudiar, experimentar con humildad, discutir sin dogmatismos y, en última instancia, gobernar la tecnología con la misma mezcla de firmeza y flexibilidad con la que se gobiernan las sociedades libres. En ese equilibrio, difícil pero necesario, reside probablemente la clave no solo para el futuro de la abogacía, sino para asegurar que el progreso tecnológico resulte finalmente al servicio de la dignidad humana. Su voz, serena y clara, nos recuerda que el futuro no es algo que nos ocurre, sino algo que, en buena medida, podemos y debemos ayudar a construir.
