El truco de Pedro Orgeira para combinar razonamiento natural e inteligencia artificial

Diego Fierro Rodríguez

Letrado de la Administración de Justicia

Ministerio de Justicia de España

I. Cuando la tecnología llega al aula

Imaginen esta escena: un profesor pide un trabajo sobre ingeniería aeronáutica y recibe diez textos perfectos, brillantes, impecables. El problema es que nueve de ellos los ha escrito ChatGPT. Esta es la realidad que enfrentan hoy universidades de todo el mundo, y un profesor de la Universidad de Vigo, Pedro Orgeira, ha encontrado una manera inteligente de convivir con ella.

En lugar de declarar la guerra a la inteligencia artificial, Orgeira ha decidido integrarla en su docencia de una manera que enriquezca el aprendizaje en lugar de empobrecerlo. Su curso se ha convertido en un laboratorio donde se explora cómo enseñar cuando los estudiantes tienen acceso a herramientas que pueden hacer sus tareas en segundos.

La clave está en cambiar la pregunta. Ya no se trata de «¿cómo evitamos que usen ChatGPT?» sino de «¿cómo enseñamos a usarlo bien?». Es la diferencia entre prohibir las calculadoras en clase de matemáticas y enseñar a usarlas para resolver problemas más complejos.

II. De la prohibición a la integración inteligente

Orgeira ha tomado una decisión radical: en lugar de pedir trabajos tradicionales que los alumnos podrían encargar a la inteligencia artificial, ha rediseñado completamente sus evaluaciones. Ahora plantea actividades donde ChatGPT es una herramienta más, como lo podría ser una calculadora científica o un software de diseño.

El truco está en diseñar tareas que requieran pensamiento crítico y creatividad, donde la inteligencia artificial sirva de asistente pero no de sustituto del razonamiento humano. Por ejemplo, en lugar de pedir que expliquen un concepto técnico -algo que ChatGPT hace perfectamente- podría plantear: «Usa ChatGPT para generar tres explicaciones diferentes de este concepto, analiza sus diferencias y propón una cuarta versión mejorada».

Este enfoque resuelve varios problemas a la vez: los estudiantes aprenden a usar herramientas que encontrarán en el mundo laboral, desarrollan su capacidad crítica al evaluar respuestas automatizadas y el profesor puede valorar realmente su comprensión del tema.

III. La ética como asignatura pendiente

Uno de los mayores logros del enfoque de Orgeira es que convierte el uso ético de la inteligencia artificial en parte fundamental del aprendizaje. En sus clases, no se trata solo de qué puede hacer la tecnología, sino de cómo debe usarse responsablemente.

Los estudiantes aprenden que usar ChatGPT para hacer un trabajo y presentarlo como propio no es diferente de copiar en un examen. Pero también descubren cómo estas herramientas pueden ser valiosas aliadas si se usan con transparencia: para generar ideas iniciales, para contrastar perspectivas o para superar bloqueos creativos.

Es como enseñar a investigar en internet: no se prohíbe Google, pero se enseña a evaluar la credibilidad de las fuentes y a citar correctamente. Con la inteligencia artificial generativa, el reto es similar pero más complejo, porque la línea entre ayuda y suplantación es más difusa.

IV. Preparando para el mundo real

Las empresas ya están usando inteligencia artificial en sus procesos, y los profesionales del futuro necesitan saber trabajar con estas herramientas. El curso de Orgeira prepara a los estudiantes para este nuevo entorno laboral, donde saber usar la inteligencia artificial de forma ética y efectiva será tan importante como saber programar o diseñar.

Los alumnos aprenden a detectar cuándo una respuesta de ChatGPT es fiable y cuándo necesita verificación, a reformular preguntas para obtener mejores resultados y a combinar el pensamiento humano con las capacidades de la máquina. Son habilidades que van más allá del contenido específico de la asignatura y que serán valiosas en cualquier carrera profesional.

V. Un modelo para otras universidades

Lo más interesante del enfoque de Orgeira es que puede adaptarse a otras disciplinas. En derecho, por ejemplo, los estudiantes podrían usar inteligencia artificial para analizar diferentes interpretaciones de una ley y luego debatir cuál es más adecuada. En medicina, para generar diagnósticos diferenciales que luego deben validar con su conocimiento.

La clave está en entender que la educación no puede ignorar la tecnología, pero tampoco puede rendirse ante ella. Se necesita un punto medio donde las herramientas digitales amplifiquen el aprendizaje sin reemplazar el desarrollo de las capacidades humanas.

El experimento de la Universidad de Vigo muestra que es posible convivir con la inteligencia artificial sin traicionar los principios de la educación. No se trata de prohibir ni de rendirse, sino de integrar con inteligencia, manteniendo siempre al estudiante y su aprendizaje en el centro del proceso.

Al final, la lección más importante es que la tecnología no define la educación – la define nuestra capacidad para usarla de manera sabia y humana. Y en eso, profesores como Orgeira están escribiendo el manual que muchas otras universidades terminarán siguiendo.

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