por Diego Fierro Rodríguez
I. Una distopía cotidiana y perfectamente absurda
En un momento en que la inteligencia artificial generativa ha alcanzado cotas de sofisticación difíciles de imaginar hace apenas un lustro, la idea de que algunos escritores estén introduciendo deliberadamente erratas en sus textos para que parezcan más humanos, según revelaba Jordi Pérez Colomé en un reciente artículo en El País, produce una sensación que Enrique Dans, en su blog, ha descrito con precisión: una mezcla de cansancio, irritación y tristeza. La sola posibilidad de que la imperfección se convierta en un certificado de autenticidad, de que escribir mal pueda ser una estrategia reputacional y escribir bien un motivo de sospecha, constituye uno de esos espejos deformantes donde una época se reconoce sin maquillaje.
La anécdota —si es que puede llamarse anécdota a un fenómeno que empieza a extenderse— tiene la textura de las distopías clásicas, pero con la particularidad de que no transcurre en un futuro imaginado, sino en el presente inmediato de quien escribe, publica y recibe, cada vez con más frecuencia, la acusación de haber delegado su pensamiento en un algoritmo. Lo que está en juego no es una cuestión de estilo, sino la definición misma de autoría en la era de las máquinas que escriben. Y la respuesta que merece no puede despacharse con un encogimiento de hombros, porque afecta al núcleo de lo que entendemos por trabajo intelectual.
II. La sospecha como nuevo género literario
Vivimos instalados, como señala Dans en su réplica, en una sospecha permanente. Ya no se lee un texto para averiguar si dice algo valioso, si está bien argumentado o si contribuye a iluminar una cuestión, sino como quien pasa un detector de metales: buscando el rastro, el tic, la prueba que permita levantar el dedo y sentenciar que aquello lo ha escrito una máquina. Es la nueva inquisición del estilo, un tribunal de andar por casa armado con intuiciones endebles, detectores que no funcionan y una curiosa superioridad moral que se nutre del miedo a lo que no se comprende.
El problema no es la inteligencia artificial. El problema es la cultura de la sospecha que ha generado, y que ha encontrado en el texto bien escrito su primer chivo expiatorio. Un artículo documentado, corregido, estructurado y con enlaces pertinentes ya no es, para muchos, el resultado de un trabajo riguroso, sino la prueba de una impostura. La paradoja es que quienes acusan de utilizar inteligencia artificial suelen desconocer cómo funciona realmente la escritura, que nunca ha sido un acto místico y aislado, sino una conversación incesante con fuentes, lecturas, notas, editores, colegas y, ahora, también con agentes algorítmicos que asisten sin suplantar.
III. La imperfección no es humanidad, es descuido
La idea de que una errata convierte un texto en humano es, además de absurda, peligrosa. Una tilde que falta no acredita autenticidad; acredita, en el mejor de los casos, descuido, y en el peor, una teatralización de la imperfección que degrada la escritura y envilece el debate intelectual. Dans lo ha formulado con una claridad que ahorra comentarios: no piensa ensuciar deliberadamente sus textos con faltas de ortografía para adaptarse a la paranoia de quienes confunden imperfección con humanidad.
La auténtica humanidad de un texto no reside en sus erratas, sino en la intención que lo anima, en la trayectoria de quien lo firma, en la capacidad de construir una mirada propia y en la responsabilidad de sostener una idea y responder por ella. Quien lleva más de veinte años escribiendo a diario —como es el caso de Dans, que publica desde 2003, mucho antes de que ChatGPT viera la luz en noviembre de 2022— ha acumulado un crédito que ninguna errata puede aumentar ni ninguna corrección algorítmica puede disminuir. La autoría no se demuestra escribiendo peor, del mismo modo que la inocencia no se demuestra mintiendo.
IV. Usar la herramienta sin delegar el pensamiento
La distinción relevante no es «con inteligencia artificial» o «sin inteligencia artificial», una dicotomía que Dans califica de infantil y que Pérez Colomé insinúa como superada por los hechos. La pregunta pertinente es otra: ¿quién piensa, quién decide, quién asume la responsabilidad intelectual de lo escrito? Utilizar un modelo generativo para documentarse mejor, para encontrar fuentes que antes habrían costado más tiempo localizar, para corregir la ortografía o para que un agente entreneado con los propios artículos señale puntos débiles no convierte el texto en una creación maquinal. Lo convierte en un texto escrito en 2026, no en 1996, con las herramientas disponibles para hacer mejor el trabajo, exactamente igual que en su día se incorporaron los buscadores, los correctores ortográficos o las bases de datos académicas.
El problema, advierte Dans, es delegar el pensamiento. Entregar a una máquina la responsabilidad de decidir qué se quiere decir, por qué se quiere decir y desde dónde se dice. Si una inteligencia artificial escribiera por uno, el autor no habría internalizado nada, no podría defender el texto, no podría discutirlo, no podría utilizarlo como parte de un proceso docente o argumentativo. Sería una impostura inútil. La diferencia entre un asistente y un sustituto es la misma que media entre un calculadora y un contable que ha olvidado sumar.
V. Detectores que no detectan y prejuicios que sí discriminan
La sospecha indiscriminada se apoya, con frecuencia, en herramientas que la propia industria y la academia han desacreditado. OpenAI advierte en su guía para educadores que los detectores de texto generado por inteligencia artificial no son suficientemente fiables y que pueden etiquetar como artificiales textos perfectamente humanos. Un recurso del MIT Sloan, titulado de manera elocuente «Los detectores de IA no funcionan», abunda en la misma dirección. Un estudio publicado en la revista Patterns demostró que estos sistemas presentan sesgos significativos contra escritores no nativos en inglés, penalizando estilos más simples o más estructurados y convirtiendo en sospechosas a personas que simplemente escriben de manera clara.
Turnitin, una de las compañías más utilizadas en entornos educativos, ha advertido que sus modelos no deberían emplearse como única base para tomar medidas contra un estudiante, una cautela que también recoge el ABA Journal. La UNESCO, en su guía sobre inteligencia artificial generativa en educación e investigación, insiste en un enfoque centrado en las personas, en la transparencia y en el uso significativo de estas herramientas. Las instituciones serias no predican la prohibición ni la sospecha sistemática, sino el aprendizaje, la declaración de uso y la evaluación de procesos.
Sin embargo, la cultura popular ha tomado otro camino: el del detector milagroso, el de la frase «esto suena a ChatGPT», el del guion largo como indicio delictivo y, ahora, el de la errata como salvoconducto de humanidad. Se ha llegado a un punto en que escribir bien puede ser sospechoso y escribir mal puede ser una estrategia reputacional. Difícilmente se encontrará una descripción más precisa de una sociedad intelectualmente confundida.
VI. La autenticidad como responsabilidad, no como imperfección
La autenticidad, en la escritura como en la vida, no consiste en rechazar las herramientas disponibles, sino en no abdicar del criterio. Consiste en poder afirmar: esta idea es mía, esta estructura la he decidido yo, esta fuente la he elegido yo, esta conclusión la sostengo yo. No se trata de un ejercicio de pureza artesanal, sino de un acto de responsabilidad intelectual que ninguna máquina puede asumir por el autor. La inteligencia artificial puede sugerir, corregir, contrastar e incluso criticar un borrador, pero la decisión última sobre qué se publica y por qué sigue residiendo en la persona que firma.
Dans se niega a participar en lo que él mismo denomina la teatralización de la imperfección, y no le falta razón. Antes tenía más erratas, ahora tiene menos porque un agente se las corrige. Antes ilustraba con imágenes de repositorio, ahora utiliza inteligencia artificial porque le resulta más cómodo y porque nunca ha sido ilustrador. Nada de eso convierte sus textos en menos suyos. La humanidad de un escrito no se mide por su descuido, sino por la capacidad de su autor de explicar por qué está ahí cada argumento, cada enlace y cada ejemplo.
VII. Reflexiones finales sobre la inteligencia artificial como espejo
La polémica sobre las erratas como símbolo de prestigio, que Pérez Colomé ha documentado con perspicacia y que Dans ha respondido con una contundencia no exenta de hartazgo, es en realidad una polémica sobre nosotros mismos. La inteligencia artificial no ha creado la pereza intelectual ni la mala fe ni la tendencia a acusar sin pruebas. Se ha limitado a ponerlas de relieve, a hacerlas visibles, a convertirlas en un problema que ya no puede ignorarse. El que delega su pensamiento en una máquina no se convierte en impostor por culpa del algoritmo; ya lo era antes, pero ahora se le nota más.
Quienes escriben para pensar, para aprender, para ordenar ideas y para sostenerlas en público no necesitan erratas que los avalen. Les basta con su trayectoria, con su criterio y con la disposición a responder por cada línea que publican. La inteligencia artificial ha llegado para quedarse, y su integración en el proceso de escritura es tan irreversible como lo fue en su día la invención del procesador de textos. Pero entre integrar una herramienta y desaparecer detrás de ella media un abismo que solo la honestidad intelectual puede salvar. La errata no es el camino. El camino es, como siempre lo ha sido, el pensamiento. Lo demás es ruido, y el ruido, en la escritura como en la vida, no debería ocupar el lugar de la palabra.
