La denunciada gran zombificación por el uso de IA

Por Diego Fierro Rodríguez

I. Una imagen que condensa un malestar generacional

En una fotografía que circuló recientemente, un estudiante de la Universidad de California en Los Ángeles mostraba, durante su ceremonia de graduación, una ventana de ChatGPT en su teléfono. La imagen, que para muchos fue solo una anécdota más de cómo la inteligencia artificial se ha infiltrado en la vida universitaria, es interpretada por Owen Yingling, un joven escritor y estudiante de Filosofía de la Universidad de Chicago, como el emblema de un proceso mucho más profundo y perturbador. En su ensayo The Great Zombification, publicado el 12 de mayo de 2026 en The New Critic, Yingling no se limita a denunciar el uso fraudulento de los modelos de lenguaje para hacer trampas en los exámenes, sino que describe un fenómeno que, a su juicio, está convirtiendo a una generación entera de estudiantes prometedores en una clase de zombis, al tiempo que desfigura grotescamente, si no destruye, la universidad como institución en todos los sentidos imaginables: como proyecto humanista sacrosanto, como campo de entrenamiento moral o incluso como vulgar taller de capacitación laboral.

El texto, escrito desde dentro de una de las universidades más prestigiosas del mundo, ha generado un intenso debate porque no es la queja de un profesor anclado en métodos pretéritos, sino el testimonio de un estudiante de veintiún años que observa con alarma cómo sus compañeros, sus profesores e incluso los periódicos estudiantiles van cediendo, uno tras otro, a la seducción de delegar en la máquina las tareas que antes exigían esfuerzo, criterio y aprendizaje. La zombificación no es una metáfora gratuita: es la descripción de un estado en el que el individuo sigue moviéndose, hablando y aprobando asignaturas, pero ha perdido la autonomía intelectual que constituía la razón misma de su paso por la universidad.

II. De la trampa ocasional a la metástasis sistémica

Yingling traza una cronología que resulta escalofriante por lo reconocible. Cuando los grandes modelos de lenguaje empezaron a popularizarse, su uso para hacer trampas era todavía un tumor benigno, una anécdota casi cómica. Recuerda cómo un profesor de lógica se reía de las respuestas absurdas que ChatGPT daba a los problemas de la asignatura, y cómo los estudiantes de una fraternidad que intentaron emplear la inteligencia artificial en un examen parcial obtuvieron en su mayoría calificaciones mediocres. Pero la benignidad inicial no tardó en dar paso a una fase de crecimiento agresivo. Dos años después, el mismo estudiante que había presenciado las risas del profesor se encontraba como asistente de aquella misma clase y constataba una brecha de unos cuarenta puntos porcentuales entre los resultados de los exámenes para casa y los realizados presencialmente. La diferencia no podía atribuirse a otra cosa que al uso masivo de la inteligencia artificial en las pruebas no supervisadas.

La metástasis, explica el autor, encontró su primer caldo de cultivo en las asignaturas de especialización en economía empresarial, un ámbito que en Chicago es visto con condescendencia por los estudiantes más tradicionales como un refugio para quienes persiguen credenciales sin demasiado esfuerzo. Pero el tumor no se detuvo ahí. Pronto se extendió al departamento de economía estándar, donde un amigo del autor presenció cómo durante un examen los estudiantes sacaban sus teléfonos, fotografiaban las preguntas y transcribían en sus cuadernos las respuestas generadas por los modelos, sin que el profesor, sentado al frente del aula, hiciera el menor ademán de impedirlo. La escena, descrita con una mezcla de incredulidad y resignación, es el retrato de una institución que ha renunciado a hacer cumplir sus propias normas.

Lo más inquietante, sin embargo, no es el fraude en sí, sino la naturalidad con que se ha integrado en la vida cotidiana de los campus. Las fraternidades, que antes se enfrentaban a uno o dos casos de plagio al año en las asignaturas obligatorias de humanidades, vieron cómo, tras la llegada de versiones más potentes de los modelos, los expedientes disciplinarios disminuían mientras las calificaciones subían. No es que los estudiantes hubieran dejado de hacer trampas; es que las hacían mejor y resultaba más difícil detectarlas. La universidad, entretanto, seguía imponiendo sanciones simbólicas a unos pocos cada año, incapaz de articular una respuesta a la altura del desafío.

III. Cuando los profesores también se rinden

El ensayo de Yingling contiene una revelación particularmente desoladora: no solo los alumnos han sucumbido a la llamada del algoritmo, sino que los propios docentes han empezado a hacerlo. El autor relata cómo un amigo le hizo notar la cadencia cantarina que había adquirido la voz de uno de sus profesores. «¿Crees que está escribiendo sus clases con ChatGPT?», le preguntó. La sospecha, que en un primer momento le pareció irrelevante, fue ganando verosimilitud a medida que el escritor observaba el deterioro general del ecosistema académico. El periódico estudiantil de la propia Universidad de Chicago, The Maroon, publicó durante meses artículos enteramente redactados por inteligencia artificial sin que nadie lo advirtiera hasta que un estudiante con tiempo libre decidió examinarlos y se encontró con frases como «El inicio perfecto de Chicago no es una casualidad; es el producto de la cohesión» o «Y a través de todo ello, está Giddey, la calma en el caos, dictando el tempo y manteniendo al equipo arraigado en el impulso». La verborrea vacía, la estructura sintáctica impecable pero sin alma, era la firma de la máquina.

Si los profesores delegan en la inteligencia artificial la preparación de sus clases y los alumnos delegan en ella la elaboración de sus trabajos, ¿qué queda de la universidad como espacio de transmisión del conocimiento? Yingling responde con una crudeza que no admite matices: un intercambio de señales entre agentes que han renunciado a pensar. La zombificación no es, pues, un proceso que afecte solo a los estudiantes, sino una dinámica que corroe el sistema en su conjunto, desde la base hasta la cúspide.

IV. La universidad que abraza su propia destrucción

El diagnóstico del ensayo se vuelve aún más sombrío cuando el autor dirige su mirada hacia las administraciones universitarias. En abril de 2026, la Universidad de Chicago anunció una donación de cincuenta millones de dólares para «promover una amplia gama de innovación pedagógica, buscando expandir y aprovechar el aprendizaje automático y la inteligencia artificial en el aula». La noticia, que en cualquier otra época habría sido recibida con escepticismo por una institución que se precia de cultivar el pensamiento crítico, fue acogida con entusiasmo. Harvard explora «cómo las herramientas de IA generativa pueden abrir nuevas formas de enseñar y aprender». Yale ha comprometido más de ciento cincuenta millones de dólares para apoyar a profesores, estudiantes y personal en su relación con la inteligencia artificial. Columbia ha creado un portal de «Enseñanza y aprendizaje en la era de la IA» con sugerencias para aprovechar la tecnología en el diseño de cursos.

Yingling observa estos movimientos con la perplejidad de quien asiste a un suicidio institucional colectivo. Las universidades, sostiene, están promoviendo activamente las mismas herramientas que están vaciando de contenido sus aulas. La retórica de la innovación, la democratización del acceso y la eficiencia pedagógica oculta, a su juicio, una realidad mucho más prosaica: las instituciones se pliegan a una moda sin evaluar sus costes, seducidas por la promesa de una modernización que, en la práctica, equivale a una rendición. Si la mejor contribución de la inteligencia artificial a la enseñanza consiste en abaratar la educación —liberando a los profesores de la carga de corregir ensayos, generar materiales o impartir clases—, ¿qué sentido tiene que las universidades más caras y prestigiosas del mundo, que dicen no escatimar recursos, se lancen a adoptarla?

V. La metáfora del hongo zombi y el susurro del pendiente

Para explicar el mecanismo psicológico que subyace a la adopción masiva de la inteligencia artificial, Yingling recurre a dos imágenes poderosas. La primera es la del hongo Ophiocordyceps unilateralis, el parásito que infecta a las hormigas, toma el control de su sistema nervioso y las obliga a trepar a una rama antes de matarlas y brotar de sus cabezas. La segunda es una vieja historia de ciencia ficción de Scott Alexander titulada «El pendiente susurrante», en la que un dispositivo va dando instrucciones cada vez más precisas a su portador hasta que este, sin darse cuenta, ha delegado todos sus movimientos musculares en la máquina. El pendiente siempre acierta, pero su portador ha dejado de existir como agente autónomo.

El estudiante que utiliza ChatGPT para resolver un problema, luego para redactar un correo electrónico, después para planificar su rutina de ejercicios, más tarde para escribir un mensaje a una chica y finalmente para resumir los libros que lee por placer está recorriendo exactamente ese camino. La máquina no le obliga a nada; simplemente le ofrece una comodidad que, paso a paso, va erosionando su capacidad de hacer las cosas por sí mismo. La eficiencia se convierte en dependencia, y la dependencia en atrofia. El zombi no es el que no puede moverse, sino el que se mueve sin saber por qué ni para qué, guiado por una voluntad que ya no es la suya.

VI. Conclusiones sobre la universidad como relación humana, no como servicio automatizado

El ensayo de Yingling no es una condena genérica de la tecnología, sino una defensa de la enseñanza como vínculo entre seres humanos. Recordando a Goethe, el autor sostiene que un profesor que despierta en un alumno el sentimiento hacia una sola buena acción o un solo buen poema logra más que quien llena la memoria con filas y filas de objetos clasificados con nombre y forma. Enseñar no es transferir datos, sino establecer una relación que, mediada por herramientas o a través del tiempo y el espacio, sigue siendo una relación. La inteligencia artificial puede simular esa relación, pero no puede sustituirla sin destruir aquello que pretendía mejorar.

La gran zombificación denunciada por este joven filósofo no es una distopía futura, sino un proceso en marcha que las universidades, con sus políticas de integración tecnológica, están acelerando en lugar de frenar. Las anécdotas que relata —el examen fotografiado, el profesor que dicta clases escritas por una máquina, el periódico estudiantil que publica textos generados sin supervisión humana— no son excepciones, sino síntomas de un sistema que ha empezado a descomponerse desde dentro. La pregunta no es si la inteligencia artificial puede ser útil en la educación, sino si quienes gobiernan las instituciones educativas están dispuestos a imponer los límites sin los cuales la utilidad se convierte en complicidad con la propia desaparición. El ensayo de Yingling, escrito desde la rabia y la lucidez de quien ve cómo se desmorona el mundo que le habían prometido, es una llamada de atención que ningún responsable universitario debería ignorar. Porque cuando los estudiantes, los profesores y los periódicos hayan sido sustituidos por sus dobles algorítmicos, la universidad seguirá en pie, pero dentro de ella ya no habrá nadie. Solo zombis.

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