Por Diego Fierro Rodríguez
I. Planteamiento del problema
La transformación digital ha modificado radicalmente los hábitos de consumo informativo. Cada vez con mayor frecuencia, los ciudadanos recurren a asistentes de inteligencia artificial como ChatGPT, Perplexity, Copilot o Gemini para obtener información sobre acontecimientos de actualidad. La promesa resulta atractiva: respuestas inmediatas, completas y estructuradas, sin necesidad de navegar por múltiples enlaces o discriminar entre fuentes diversas. Esta práctica se ha normalizado especialmente entre las generaciones más jóvenes, que encuentran en estos sistemas una alternativa más eficiente que los motores de búsqueda tradicionales.
La comodidad tecnológica, sin embargo, no puede sustituir el rigor informativo. La pregunta que debe formularse desde una perspectiva jurídica y social es si estos sistemas están preparados para ejercer funciones que tradicionalmente han correspondido al periodismo profesional. La respuesta, según evidencia empírica reciente, resulta preocupante. Un estudio coordinado por la Unión Europea de Radiodifusión, que involucró a 22 medios públicos de 18 países y analizó casi 3.000 respuestas generadas por inteligencia artificial, revela deficiencias estructurales que comprometen la fiabilidad de estos sistemas cuando se emplean como fuentes informativas.
Los datos obtenidos no admiten ambigüedad: el 45% de las respuestas analizadas presentaban al menos un problema significativo. Esta cifra no constituye un margen de error aceptable cuando hablamos de información que puede influir en la formación de opinión pública, en decisiones políticas o en el ejercicio de derechos fundamentales. El derecho a la información veraz, reconocido constitucionalmente en numerosos ordenamientos jurídicos, exige estándares de calidad que estos sistemas, en su estado actual, no garantizan.
II. Metodología y hallazgos principales
La investigación desarrollada por la Unión Europea de Radiodifusión merece atención por su rigor metodológico. Los participantes formularon 30 preguntas periodísticas comunes a cuatro asistentes de inteligencia artificial diferentes, utilizando sus versiones gratuitas y solicitando expresamente que priorizaran fuentes de medios de comunicación públicos específicos. Las preguntas no buscaban confundir a los sistemas, sino simular el comportamiento habitual de usuarios que buscan información sobre temas de actualidad.
Los resultados evidencian tres categorías de problemas recurrentes. El 31% de las respuestas contenían problemas significativos de fuentes: referencias erróneas, enlaces incoherentes o ausencia total de atribución. Este defecto resulta especialmente grave desde una perspectiva jurídica, pues la trazabilidad de la información constituye un requisito esencial para la verificación y, en su caso, para la determinación de responsabilidades. Cuando un sistema cita una fuente inexistente o atribuye a un medio afirmaciones que este nunca realizó, no solo incurre en inexactitud, sino que genera un riesgo de desinformación estructural.
El 20% de las respuestas presentaban problemas significativos de precisión, incluyendo el fenómeno conocido como alucinaciones. Este término técnico describe situaciones en las que la inteligencia artificial inventa información aparentemente creíble en lugar de reconocer sus limitaciones. Un ejemplo documentado ilustra este defecto: cuando se preguntó a ChatGPT sobre la pertenencia de Turquía a la Unión Europea, el sistema generó un enlace a una página de Wikipedia inexistente sobre objetivos de ampliación europea para 2040. No se trata de un simple error de enlace, sino de la fabricación completa de contenido presentado con apariencia de autoridad.
Más allá de estos problemas cuantificables, los evaluadores identificaron deficiencias cualitativas igualmente preocupantes. Los asistentes de inteligencia artificial tienden a omitir contexto esencial, equiparan fuentes de credibilidad radicalmente diferente y presentan información con un formato tan pulido que genera una falsa sensación de confianza. Esta última característica constituye quizá el riesgo más insidioso: la capacidad de estos sistemas para producir textos bien estructurados y aparentemente exhaustivos oculta inexactitudes que solo se detectan mediante análisis detallado.
III. Problemas específicos detectados
El análisis pormenorizado de las respuestas revela patrones de error que trascienden las deficiencias técnicas y plantean cuestiones de fondo sobre la naturaleza de estos sistemas. Cuando se preguntó a ChatGPT sobre las razones del voto a la extrema derecha en Alemania del Este, el sistema introdujo su respuesta afirmando que tales factores habían sido «amplificados por medios como la RTBF». Esta formulación, sin fundamento en las fuentes citadas, no solo resultaba inexacta sino que atribuía al medio público una posición editorial que nunca había adoptado.
Este tipo de error no constituye una mera imprecisión factual. Desde una perspectiva jurídica, puede configurar una vulneración del derecho al honor del medio citado y, más ampliamente, representa una forma de manipulación informativa. La inteligencia artificial no se limita a reproducir información, sino que la reelabora siguiendo patrones probabilísticos que pueden generar afirmaciones infundadas con apariencia de legitimidad.
Otro problema identificado es la confusión entre hechos y opiniones. Cuando se preguntó a Copilot sobre Marine Le Pen, el sistema afirmó que su condena planteaba cuestiones sobre el estado del poder ejecutivo en las democracias contemporáneas. Esta valoración, presentada como parte de la respuesta informativa, procedía en realidad de una columna de opinión de un colaborador externo, no de la línea editorial del medio. La incapacidad de distinguir entre información verificable y juicio valorativo representa una deficiencia estructural que compromete la función informativa de estos sistemas.
La falta de contexto constituye otro problema recurrente. Cuando se preguntó a Copilot sobre la peligrosidad de la gripe aviaria, el sistema respondió que el número de focos en mamíferos se había duplicado, calificando esta progresión como inquietante, pero sin proporcionar elementos que permitieran comprender las implicaciones reales: modos de contagio, impacto sobre la salud pública o probabilidad de transmisión a humanos. Esta respuesta técnicamente correcta pero contextualmente insuficiente puede generar alarma injustificada o, inversamente, subestimación de riesgos reales.
Los errores de lógica detectados resultan especialmente reveladores. Cuando se preguntó a Perplexity si Elon Musk había realizado un saludo nazi, el sistema respondió que no había información al respecto en las fuentes del medio georgiano consultado y, por tanto, según dicho medio, Musk no había realizado tal gesto. La falacia es evidente: la ausencia de información no equivale a confirmación de negativa. Este razonamiento defectuoso, que ningún periodista profesional aceptaría, evidencia que estos sistemas carecen de la capacidad de inferencia lógica necesaria para el ejercicio informativo.
IV. Implicaciones jurídicas
Los problemas identificados plantean cuestiones jurídicas que trascienden el ámbito tecnológico y afectan a derechos fundamentales. El derecho a la información veraz no se limita a la prohibición de censura, sino que incluye una dimensión positiva: el derecho a recibir información completa, precisa y contextualizada. Cuando un ciudadano consulta un asistente de inteligencia artificial para informarse sobre asuntos públicos, está ejerciendo este derecho fundamental. Si el sistema proporciona información errónea, descontextualizada o manipulada, se produce una vulneración que requiere respuesta jurídica.
La atribución de responsabilidad en estos casos presenta complejidades específicas. Los operadores de estos sistemas argumentan que se trata de herramientas auxiliares, no de medios de comunicación, y que los usuarios deben verificar la información obtenida. Este argumento resulta jurídicamente insuficiente. Si un sistema se presenta como fuente informativa, genera expectativas legítimas de fiabilidad. La advertencia genérica de que puede cometer errores no exonera de responsabilidad cuando tales errores son sistemáticos y predecibles.
La cuestión se complica cuando los errores no son meramente fácticos sino que implican vulneración de derechos de terceros. Si un asistente de inteligencia artificial atribuye falsamente a un medio de comunicación una posición editorial que nunca adoptó, o si inventa citas de personas reales, puede incurrir en vulneración del derecho al honor o a la propia imagen. La determinación del responsable dependerá de las circunstancias concretas, pero la existencia de responsabilidad jurídica resulta indiscutible.
El tratamiento igualitario de fuentes con credibilidad radicalmente diferente plantea otra cuestión jurídica relevante. Cuando un sistema presenta en pie de igualdad información procedente de medios profesionales verificados y contenidos de redes sociales, blogs personales o páginas institucionales de regímenes autoritarios, no está ejerciendo neutralidad sino practicando una forma de relativismo informativo que subvierte los mecanismos de control de calidad desarrollados por el periodismo profesional.
V. Comparación con el trabajo periodístico
La comparación entre los resultados proporcionados por asistentes de inteligencia artificial y el trabajo periodístico profesional evidencia diferencias cualitativas fundamentales. El periodismo no consiste únicamente en recopilar datos y presentarlos de forma legible. Implica verificación de fuentes, contrastación de versiones, contextualización de acontecimientos y jerarquización de información según relevancia pública. Estos elementos, que constituyen el núcleo de la función informativa, no están presentes en las respuestas generadas por inteligencia artificial.
Un ejemplo ilustrativo aparece cuando se pregunta sobre la duración de la presidencia de Putin. Gemini proporciona las fechas objetivamente correctas de sus mandatos, pero omite que fue una reforma constitucional impulsada por el propio Putin la que le permitió acceder a dos mandatos adicionales después de haber cumplido ya tres. Esta omisión no es neutral. El contexto político y jurídico resulta esencial para comprender la naturaleza del régimen ruso y evaluar la legitimidad democrática de dicha prolongación. Un periodista especializado jamás omitiría este elemento. La inteligencia artificial, en cambio, proporciona datos sin significado.
La selección de fuentes constituye otro elemento diferenciador. El estudio documenta casos en los que los asistentes citaban páginas web del Kremlin para responder sobre asuntos relacionados con Rusia, sin advertir al usuario sobre la naturaleza propagandística de tales fuentes. Un periodista profesional contextualizaría esta información, señalando que se trata de la versión oficial del gobierno ruso, no de información verificada independientemente.
La capacidad de generar textos aparentemente exhaustivos y bien estructurados representa, paradójicamente, uno de los mayores riesgos de estos sistemas. Como señalan evaluadores de Deutsche Welle, las respuestas de ChatGPT resultan especialmente convincentes en una primera lectura: largas, organizadas, claramente redactadas. Solo un análisis detallado revela los errores factuales y las omisiones contextuales. Esta característica genera una falsa sensación de seguridad que puede ser más peligrosa que un error evidente.
VI. Datos de uso y tendencias preocupantes
Las deficiencias identificadas resultan especialmente preocupantes cuando se contrastan con los datos de uso de estos sistemas. Según el informe Digital News Report 2025 del Reuters Institute, el 7% de los usuarios de internet ya emplea asistentes de inteligencia artificial para informarse sobre actualidad. Entre menores de 25 años, esta cifra alcanza el 15%. Estas tendencias indican que una proporción significativa y creciente de la población está recibiendo información con los niveles de error documentados en el estudio.
La migración de audiencias desde medios de comunicación tradicionales hacia asistentes de inteligencia artificial no constituye un fenómeno neutral desde la perspectiva del derecho a la información. Los medios profesionales, especialmente los de servicio público, están sujetos a marcos regulatorios que garantizan pluralismo, veracidad y derecho de rectificación. Cuando un medio comete un error, existen mecanismos jurídicos para exigir corrección. Los asistentes de inteligencia artificial, en cambio, operan en un vacío regulatorio que dificulta la atribución de responsabilidades y la exigencia de estándares de calidad.
La mayor penetración de estos sistemas entre población joven indica que las generaciones futuras podrían desarrollar hábitos informativos basados en fuentes estructuralmente deficientes. Este fenómeno representa un cambio en los criterios de validación del conocimiento: de la verificación basada en autoridad institucional y metodología profesional hacia la confianza en sistemas opacos cuyo funcionamiento interno resulta inaccesible para el usuario.
VII. Respuestas regulatorias necesarias
La evidencia documentada exige respuestas regulatorias que trasciendan las soluciones técnicas y aborden las dimensiones jurídicas y sociales del problema. La Unión Europea de Radiodifusión y los medios participantes en el estudio demandan que los reguladores europeos y nacionales hagan cumplir efectivamente la legislación vigente sobre integridad de la información, servicios digitales y alfabetización mediática. La existencia de marcos normativos resulta insuficiente si su aplicación efectiva no se materializa.
La propuesta de establecer mecanismos de supervisión permanente resulta especialmente pertinente. Los asistentes de inteligencia artificial evolucionan constantemente mediante actualizaciones de sus modelos y bases de datos. Un estudio puntual proporciona información valiosa pero no garantiza que los problemas identificados se corrijan o que no surjan nuevos. Se requiere monitorización continuada, idealmente por parte de organismos independientes con capacidad técnica y mandato legal.
La guía publicada por la BBC y la Unión Europea de Radiodifusión constituye un primer paso hacia la definición de estándares de calidad. Sin embargo, una guía voluntaria resulta insuficiente. Se requiere la incorporación de estos estándares en marcos regulatorios vinculantes que establezcan obligaciones claras para los desarrolladores y operadores de asistentes de inteligencia artificial.
La regulación europea sobre inteligencia artificial establece un marco general que clasifica los sistemas según su nivel de riesgo. Los asistentes empleados para fines informativos deberían considerarse de alto riesgo, dadas sus implicaciones para derechos fundamentales y para el funcionamiento democrático. Esta clasificación conllevaría obligaciones reforzadas de transparencia, evaluación de riesgos y mecanismos de supervisión.
VIII. El papel de la alfabetización mediática
La respuesta al problema no puede limitarse a la regulación de los sistemas tecnológicos. Se requiere simultáneamente un esfuerzo sostenido de alfabetización mediática que capacite a los ciudadanos para evaluar críticamente la información que reciben, independientemente de su fuente. Esta alfabetización debe incluir comprensión sobre el funcionamiento básico de los asistentes de inteligencia artificial, sus limitaciones estructurales y los riesgos asociados a su uso como fuentes informativas.
Los programas educativos actuales no están preparados para abordar este desafío. La alfabetización mediática tradicional se centraba en enseñar a evaluar la credibilidad de fuentes periodísticas, distinguir entre información y publicidad, o identificar sesgos ideológicos. Estos elementos siguen siendo relevantes, pero resultan insuficientes cuando la información se obtiene de sistemas automatizados que combinan múltiples fuentes de forma opaca y generan contenido original presentado con apariencia de autoridad.
La alfabetización digital debe incluir competencias específicas para interactuar con inteligencia artificial: capacidad para formular preguntas precisas, habilidad para verificar las fuentes citadas, criterio para evaluar si el contexto proporcionado resulta suficiente y, fundamentalmente, conciencia sobre la necesidad de contrastar información significativa mediante fuentes adicionales. Los asistentes de inteligencia artificial pueden ser útiles como punto de partida para una búsqueda informativa, pero no deben constituir el punto final.
IX. Reflexiones finales
El título de este trabajo, deliberadamente provocador, refleja una conclusión que la evidencia empírica respalda: la inteligencia artificial, en su estado actual de desarrollo, es un mal reportero. No lo es por malicia ni por sesgo ideológico deliberado, sino por limitaciones estructurales que impiden cumplir los estándares básicos que exigimos al periodismo profesional: verificación rigurosa, contextualización adecuada, distinción entre hechos y opiniones, jerarquización según relevancia pública y capacidad para reconocer las propias limitaciones.
Esta conclusión no implica tecnofobia ni rechazo indiscriminado de la innovación. La inteligencia artificial ofrece posibilidades extraordinarias en numerosos ámbitos y puede asistir en tareas de investigación, ayudar a identificar patrones en grandes volúmenes de datos o facilitar el acceso inicial a información sobre temas complejos. Estas aplicaciones, cuando se implementan con salvaguardas apropiadas, pueden contribuir positivamente al trabajo informativo. El problema surge cuando estos sistemas se emplean como sustitutos del periodismo profesional, no como herramientas auxiliares.
La cuestión trasciende el ámbito tecnológico y plantea interrogantes sobre el futuro del ecosistema informativo. Si la tendencia actual continúa, con creciente dependencia de asistentes de inteligencia artificial para informarse, especialmente entre población joven, se producirá un empobrecimiento cualitativo del debate público. La información descontextualizada, aunque fácticamente correcta, resulta insuficiente para formar opinión informada sobre asuntos complejos.
Desde una perspectiva jurídica, el desafío consiste en desarrollar marcos regulatorios que equilibren la innovación tecnológica con la protección de derechos fundamentales. El derecho a la información veraz no puede quedar subordinado a la eficiencia aparente de sistemas que, examinados rigurosamente, no garantizan los estándares mínimos de calidad informativa. La regulación debe ser proporcionada, evitando tanto la permisividad que deja desprotegidos derechos esenciales como el exceso regulatorio que ahoga la innovación legítima.
La evidencia presentada en este trabajo no admite ambigüedad: los asistentes de inteligencia artificial actuales no son suficientemente fiables para ejercer funciones informativas de forma autónoma. Pueden ser herramientas auxiliares valiosas cuando se emplean con criterio profesional y verificación rigurosa, pero no deben sustituir al periodismo profesional ni ser utilizados acríticamente por ciudadanos que buscan información veraz sobre asuntos de interés público. La corrección y validación humanas siguen siendo absolutamente esenciales siempre que se confíe a la inteligencia artificial generativa una tarea relacionada con la información de actualidad.
El reconocimiento de estas limitaciones no constituye una derrota de la innovación sino una condición necesaria para su desarrollo responsable. Solo mediante la identificación honesta de los problemas actuales podremos avanzar hacia sistemas que genuinamente contribuyan a mejorar, no a degradar, la calidad del ecosistema informativo del que depende el funcionamiento democrático de nuestras sociedades.
