La voz del experto: «La “revolución imparable” de la Gen A.I. en la educación. Ni becarios desechables ni una subyugación total a los Llms»:

IA en educación: ni becarios desechables ni mentes delegadas. La IA está transformando cómo aprendemos y trabajamos. Si algunas firmas frenan la contratación de juniors porque creen que “la máquina ya hace lo suyo”, el problema no es la tecnología: es la mirada sobre el talento y la educación.

Redactado por el profesor Francisco Jose Adán Castaño, quien es -entre muchas otras cosas- Abogado en Propiedad Intelectual, Privacidad y Nuevas Tecnologías. Docente Universitario y Doctorando a punto de finalizar su esperadísima tesis doctoral

La noticia de que las Big Four estarían reduciendo la entrada de recién graduados porque «la IA ya cubre sus funciones» dice más de la cultura de esas organizaciones que de los avances técnicos. Reducir a un junior a un inventario de tareas replicables es empobrecer lo humano y la dignidad general que es inmanente a la condición humana. Un recién graduado, no es un manual con piernas: es criterio en construcción, capacidad de aprendizaje, sensibilidad para leer contexto y personas, y habilidades sociales y emocionales para estar delante de un cliente. Quizá el problema sea aspirar a lugares donde no hay personas, sino números (…).

De la biblioteca a la Red y ahora a la IA:

A comienzos de siglo se miraba con desconfianza a quién citaba Wikipedia; poco después, Google y la digitalización masiva convirtieron el acceso a la información en algo inmediato. Pasamos de la escasez al exceso: hoy el reto no es encontrar, sino discriminar lo valioso.

La IA da un salto más: ya no solo localiza, automatiza operaciones cognitivas que durante años han sido, ellas mismas, ejercicios formativos—sintetizar, extraer ideas, ordenar, reescribir. Bien usada, libera tiempo para pensar mejor; mal usada, atrofia el músculo deliberativo y puede anular la reflexión personal. No compremos la idea perezosa del atajo permanente.

También conviene desterrar el mantra de que “la IA sustituye al ser humano”. Las narrativas importan: lo que repetimos tiende a convertirse en realidad. La IA debe potenciar capacidades, no despojarnos de la responsabilidad intelectual.

Opinión pública dividida y el nuevo dogma empresarial:

El debate social llega polarizado. Datos recientes apuntan que el 39% de los españoles es partidario de prohibir la IA en las aulas, frente a un 34% en contra y un 28% que no se pronuncia. Esa distribución no prueba que la IA sea “buena” o “mala”; prueba que aún falta criterio compartido para integrarla sin empobrecer el aprendizaje. Prohibir por defecto es perder la oportunidad de educar en su uso responsable.

En el extremo opuesto, crece la consigna empresarial de “o usas la IA o te vas”: en sectores punteros, su manejo empieza a exigirse como condición de empleabilidad. El riesgo es confundir competencia con automatismo: pedir operadores de IA que agilicen procedimientos, en lugar de profesionales que piensen, duden y decidan con herramientas a su servicio, no al revés.

Mi posición es doble y compatible: no evitar la IA, sino gestionar su incorporación. Garantizar primero el “suelo analógico” —que toda persona domine sus recursos intelectuales y personales sin muletas— y, sobre esa base, incorporar la IA sin que borre lo que nos hace humanos: pensar, razonar, trabajar con otros y discernir.

Creación y trabajo: la barrera técnica baja, el criterio sube de precio:

Las herramientas de IA han cambiado el proceso creativo: hoy es posible generar textos, imágenes, audio o código sin dominar la técnica que antes era condición de entrada. Esto democratiza y acelera, sí, pero no elimina la necesidad de fiscalización humana. Siempre hará falta alguien que sepa de qué va la materia, que identifique errores, sesgos y vacíos, y que tome decisiones responsables sobre el resultado.

Aquí el valor se desplaza: no tanto al “saber manejar la herramienta”, sino al conocimiento previo y al criterio experto que juzga lo producido. Y hay una razón simple: las salidas de la IA están condicionadas por sus entradas. Si el input es pobre, el output será pobre. Una IA alimentada con señales ruidosas—el trending efímero de redes—tenderá a reproducir lo superficial (con excepciones: también hay talento en esos espacios). Una IA nutrida con autores solventes, corpus curados y pensamiento de calidad, ofrecerá, en promedio, resultados más fiables.

Por eso, la alfabetización que necesitamos no es solo “saber pedirle cosas a la IA”, sino saber con qué nutrimos nuestro propio criterio: qué leemos, a quién citamos, cómo contrastamos. La herramienta baja la barrera técnica; el juicio—y la responsabilidad—se encarecen.

Un sistema que premia memorizar y castiga el esfuerzo sostenido:

Tenemos un sistema educativo que a menudo recompensa la memorización y la resolución rápida por encima del trabajo constante y el desarrollo de aptitudes personales. En primaria y secundaria—y con frecuencia en bachillerato—pesa más la repetición que el descubrimiento de talentos y motivaciones. Y cuando el estudiante llega a la universidad, llega ya como adulto: ahí entra la autoexigencia de desplegarse, con menos tutela y más iniciativa. Las universidades son tan variadas como sus profesores; no siempre es sencillo acompañar todos los potenciales. Pero no podemos delegar en la IA aquello que nos corresponde a nosotros: aprender a aprender, ejercitar criterio, equivocarnos y corregir.

Indispensable sí, pero con honestidad académica:

Entrar hoy al mercado laboral sin manejar con solvencia una IA es tan impensable como hacerlo sin saber buscar en Google o sin dominar una suite ofimática. La alfabetización en IA no es un lujo, es un mínimo. Ahora bien, no puede convertirse en sustituto del trabajo propio. La primera víctima del engaño no es el profesor, es el estudiante que se priva de aprender. Por eso hay que incorporar la IA con normalidad y rigor: entender qué hace y qué no hace, cómo nos ayuda y dónde entorpece; aprender a pedirle, a verificar y a dudar. Y aceptar que ciertos procedimientos académicos tendrán que cambiar—más énfasis en procesos y defensa oral, menos fetichismo del “producto final impecable”.

Un apunte para las empresas:

Si recortas cantera, recortas futuro. Un senior competente no nace: se forma. La IA puede acelerar tareas, pero la presencia humana—escuchar a un cliente, captar matices, decidir bajo ambigüedad—no es descargable. Si medimos solo velocidad y volumen, degradaremos el trabajo y la formación; si usamos la IA para liberar tiempo cognitivo y elevar el listón de lo humano, ganaremos todos.

No se trata de estar “a favor” o “en contra” de la IA -como no lo estamos del día o de la noche-. Se trata de cómo la incorporamos.

La educación del siglo XXI no consiste en producir textos perfectos con ayuda de una máquina, sino en formar personas capaces de ver, deliberar y decidir con responsabilidad. Un recién graduado no es reemplazable: es una promesa de criterio.

La IA, bien integrada, no lo suplanta: lo acelera y lo ensancha.

Perfil de LinkedIn del gran, Francisco Jose Adán Castaño:

https://www.linkedin.com/in/franciscoadan/?originalSubdomain=es

Noticias que inspiran sus reflexiones:

https://www.elconfidencial.com/empresas/2025-09-01/big-four-frenan-contratacion-juniors-20-ia-deloitte-kpmg-ey-pwc_4198834

https://www.elconfidencial.com/tecnologia/2025-08-28/inteligencia-artificial-empresas-obligatorio_4197064

https://exitoeducativo.net/un-39-de-espanoles-a-favor-de-la-prohibicion-de-la-ia-en-la-educacion

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