Redactado por el ideólogo, valedor y dinamizador de «La voz del experto», Pablo Sáez Hurtado, quien es Business Artificial Intelligence Development & Legal Manager en Skiller Academy. Presidente de la «comisión» / «grupo joven» de ENATIC. Director general de «BeAI Foundation». Abogado y asesor jurídico multidisciplinar especializado en derecho digital y consultor
Legaltech/Al. Escritor y Doctorando en «filosofía del derecho y derecho internacional privado» en la Universidad de Valladolid. Docente en TLS, SaludIA. Academy, IL3-Barcelona, LHeroes, Sherpa, EADIC, ISDE, EIA, el Colegio de Abogados de la Provincia de Misiones y Derecho con Carrera A.I.Academy. Vanguard de la «red de embajadores» de LitisVenum. Miembro de ODISEIA, OSPIA e In-house legal counsel y miembro de la Asociación PsicoAcademy (…).
«Es imposible aprender lo que crees que ya sabes»,
El Enquiridión o discursos de Epicteto (…).
Sostenía, uno de los más grandes y lúcidos pensadores de la historia, —y verdadero descifrador del porqué de los padecimientos que son, consustanciales e irrenunciables, a la condición humana—, el glorioso Arthur Schopenhauer que, en efecto, la existencia siempre dispone de la capacidad de, para quién sepa percibirlo y actuar valiente y riesgosamente conforme a ello (porque vivir, siempre implica tomar una decisión con sus consecuencias por materializarla y, sensu contrario, por no tomarlas de igual modo -el famoso y letal dictum de Jean-Paul Sartre de que «el hombre está condenado (siempre) a ser libre»-), sorprender con sus misterios continuamente.
En buena medida, lo necesitamos porque somos presos —y eso Silicon Valley lo comprendió magistralmente desde sus albores y condiciono todos sus fines programáticos a tal objetivo de ingeniería social— de una continua «avidez de novedades», como bien defendía Martin Heidegger
Ese el marco existencial que, incluso a las puertas de alcanzar una disrupción tecnológica sin precedentes (la posibilidad de que el ser humano enmiende su acomplejamiento más primitivo -esto es, el de ser «creación creadora»-), nunca podremos superar ni eludir. Máxime, si cada día, emergen más y más «necesidades inventadas» (tal y como, precisamente, el fenómeno de los LLMs de IA generativa).
No existían hace una década. Ni les necesitábamos.
Si el anhelo que le subyacía: la promesa de Auguste Comte de lograr gracias al «poder de la razón suprema libre de toda exigencia moral» la liberación del ser humano de las implicaciones que le son propias a su condición (esto es, de sus padecimientos por tener que elegir y, por ende, equivocarse y cargar con la culpa o triunfar y cargar con la necesidad irrenunciable de tener que alimentar, persistentemente, ese éxito).
Es decir, un «algo» en el que delegarlo «todo».
Y, ahora, en el año 3 después de la «liberación» de ChatGPT‑3.5 (como si hubiera que utilizar ya ese medidos como el «a.c.» «o d.c.», no puede concebirse buena parte de «cuanto hacemos» –el animal laborans– sin su advenimiento.
Es la «necesidad inventada» más «necesaria» de la historia.
Un jaque mate que pone, en entredicho, desde el legado de Sócrates hasta los grandes dictums de la «serenidad» de Séneca, Marco Aurelio y Epicteto. Y la tan manida creencia de que renunciar a esta tecnología, será la encarnación de la «virtù» de Maquiavelo en nuestro ahora, solo traerá consigo el fútil sacrificio de Numancia.
Mera vanidad, entre las cenizas.
Es decir, la consumación total del bíblico «polvo eres y en polvo te convertirás».
Su liberación, puso en entredicho —desde ab initio, el propio entendimiento conceptual de lo que implica la «Soberanía»—.
Y, bajo la falsa ilusión de que quienes la venían ostentando (cada vez con menor credibilidad y mayor coacción, sin el «para convencer, hace falta persuadir» de un titánico Unamuno que arriesgo su propia existencia y devenir por denunciar el vaticinio de la barbarie)-, podrían conservarla ante «algo tan ínfimo».
Así que, todas las fuerzas institucionales clásicas de Europa —desde el Estado, la academia, la Iglesia, los colegios profesionales, los llamados por sí mismos «intelectuales» (…)— la despreciaron y la minoraron, pensando que «eludir la realidad» lleva, por extensión, también verse exento de sus consecuencias. Yo mismo fui testigo de su evolución y, de igual modo, que la conversión de Saulo de Tarso a San Pablo me percate de su inexorabilidad e irreversibilidad desde que Google respondió con el otroramente llamado «Bard», en los primeros compases de 2023.
Bajo los efectos de esa perturbación —la de entender lo que la IA generativa conllevaría y que nadie en una ciudad, pseudo-provinciana, siquiera la conocía—, me aventure a contactar con múltiples intelectuales (a cuyos círculos locales, siempre pertenecí) y académicos para proponerles desde un ensayo hasta una tesis doctoral.
Lo hice, desde la primavera de 2023 hasta diciembre de ese mismo año. Ninguno me escucho, hasta las puertas de la natividad (como si fuese una concesión de los cielos) donde conseguí el segundo de mis objetivos tras infinitos quebraderos de cabeza (y, por supuesto, con concesiones, porque era «ceder» ante los interes del vulgo y «la academia» nunca debe interesarse por lo que causa furor en las calles).
Todos pensaban que aquel «copy-paste venido a más» -que osadía- (al que muchos, para mayor infamia, llamaban «el bicho» para trivializarlo) —incluso en estado de gracia evolutiva total, en noviembre de 2023— no tendría recorrido ninguno.
Pero todos los que debían evaluar mi petición estaban, absolutamente, ajenos a su uso, despliegue, comprensión y optimización. No sabían nada y, sin embargo, eran quienes tenían que decidir si «todo esto» era «merecedor» o no de una gran elucubración. Venida de mí. No de ellos. Eso es, el primer indicio, de que vivimos en una era de súbita descomposición.
Mientras que en las instancias clásicas del poder —la Iglesia, la Academia, el Estado, los «intelectuales»—, nadie sentía ni la más ínfima inquietud por este fenómeno, los LLMs de IA generativa escalaban más y más, capilarizando hasta el más impensable de los ámbitos de la info-esfera para lograr, precisamente, cuanto se produjo en 2024: su generalización y triunfo masivo. La, tan anhelada por todos, omnipresencia.
Justo en el momento en el que su poder ya era innegable, todas aquellas instancias —con la salvedad de una— comenzaron a «interesarse» por este «novedoso» fenómeno.
Tal centro de poder —con muy contadas y virtuosas excepciones— fue «la academia», quién mientras la IA generativa comenzaban a acaparar el mercado privado (y sus centros formativos), inicio una contra-reforma —como la de Felipe II, precisamente— para prohibirla porque los alumnos «no hacían más que plagio».
Aun así, muchos recapacitaron por una cuestión de credibilidad, no de «altura de miras».
Paralelamente a esa resistencia e ingenuidad —pues, se fundamentaba (y se sigue haciendo) en la creencia de que, aún es posible, preservar «la soberanía» del mundo pre-2022—, emergió un grupo de pioneros que, asumiendo el rol del «maestro» que tantos habían renunciado a ejercer (pese a autodenominarse, como tales), nos informaron a millones desde finales de 2022.
Yo, gracias a todos ellos, comprendí el alcance que esta realidad dispondría y me forme, de manera autodidacta, día tras día, hora tras hora, durante tres años.
Y cada video que consumía e, iteración consecuente que practicaba, con más perturbación pensaba en aquel que desconocía el universo en el que yo ya empezaba a navegar con sorprendente destreza. Me compadezco de todos ellos. Especialmente, de aquellos que, incluso a las puertas del último trimestre del año del apoteósico 2025, desconocen lo que la ambición e inteligencia de los visionarios que crearon los LLMs de IA generativa, ostentan entre bastidores aguardando el momento de «concedernoslo»
Aquellos pioneros, tenían un patrón común:
(A) eran empresarios —es decir, ciudadanos cuya fuente de ingresos no dependía del esfuerzo generado por otros, sino únicamente del propio—, perspicaces —inteligentes, con visión, ambición y entusiasmo— (B) dispuestos a enseñar de manera trazable, práctica, capacitante —democratizando el acceso de aquello que tantos anhelaban despreciar y prohibir, porque la preservación de «su poder» dependencia, en buena medida, del fracaso de esta tecnología y no podían consentir, devorados por una ansiedad de control que venían tan magistralmente ejerciendo, que eso pudiese llegar a cambiar— (C) a todos por igual y, sin distinguir entre reyes o esclavos.
Eran sus propios recursos. No, aquellos, que se obtienen a través de la coacción y el terror. Era su energía. No la de aquellos que, encima, se atrevían a cuestionarles. Era su visión. No la de quienes harían todo lo posible por mutilarla. Era su causa. No la de aquellos, que querían que el mundo siguiese como funcionaba porque su fuente de poder provenía de su preseverancia. En una comodidad financiada por los, eternamente condenados, a estar incómodos (los saqueados mensual y trimestralmente)
Pero cuando han sido llamados, por su legitimidad histórica y contribución proactiva a la sociedad desde el 2022 —con sus recursos, con su energía, con su entusiasmo, con sus medios, con sus horas subyacente de ensayo-error, edición de video, documentación, con su cansancio—, ha acaparar todos los centros mediáticos (prensa, radio, televisión, pódcast) —por mar, aire y tierra— de nuestra realidad digital actual han provocado, como revulsivo, una muy previsible unión, espontánea y tácita, de todos aquellos que,
1) minoraron el impacto de esta revolución tecnológica (pese a las infinitas advertencias),
2) despreciaron sus capacidades, ridiculizándola (pese a existir pruebas irrefutables de la naturaleza inédita de su alcance),
3) impidieron, a través de la prohibición y de la fuerza bruta («venceréis porque tenéis fuerza bruta de sobra», de Unamuno) mediante el castigo, la arbitrariedad, la desacreditación —pese a la ignorancia extrema de quienes lo evaluaban— su formación, uso y despliegue bajo el conocimiento de las repercusiones -ya, perfectamente, demostrables- que esto tendría sobre sus pupilos
4) anhelaban que todo este proceso se revirtiese para no perder así su «Auctoritas y «Potestas» y
5) desconocen, profundamente en el terreno de la praxis, la mitad de las cuestiones sobre las que nos «ilustran» tan, sapiencial y generosamente a todos -gracias por la generosidad-,
han sido vilipendiados bajo la, capciosa e injuiosa calificación, de «oportunistas».
Evidenciando, además, no solo su más que palpable elitismo —porque un «fotógrafo» (a modo de ejemplo, entre muchos otros argumentarios) no puede hablar de otra «cuestión» que no sea, precisamente, eso mismo, aunque lleve a sus espaldas miles de horas detrás de, altruista, generosa y monopolítica divulgación.
Este vívido grupo, que pareciera que su enérgico «despertar» solo pudiera canalizarse en «salvar los muebles» de su creciente crisis de autoridad (y legitimidad) y no, en su defecto, en actuar desde YA para minorar él, cada día más palpable, impacto extremo que esta tecnología va a causar, laboral y existencialmente, en el futuro de aquellos que -cándidamente- han confiado su futuro a los incólumes «no oportunistas», han tenido que volver al terreno de lo conceptual para poder rearmarse (uno, al que cada día le queda menos vigencia y los pertrechos se están agotando):
el que, acomodaticiamente, les proporciona el concepto de «experto» (del que también se han apropiado para excluirnos a todos).
Lo más ignominioso de todo, es que aquellos que han instrumentalizado el término «experto» —porque en este caso, ni «los mansos heredarán la tierra» ni «los últimos no serán los primeros» pues, a nivel profesional, será un «homo homini lupus» sin parangón, donde aquellos que sean reluctantes al uso (y con destreza multi-tasking) de esta tecnología, serán los primeros en ser sustituidos industrialmente (por mucho que nos queramos «autoconvencer» de que la «I.A. nunca sustituirá a un abogado» y tantas otras frivolidades de plastidecor del folleto de liquidaciones del ToysRUs que se nos ocurran)— para poder despreciar, cuestionar y minorar a los que han sido entrevistados en su perjuicio, son los mayores cómplices y cooperadores necesarios de su existencia. Ese es su absurdo definitivo.
Ellos, han liberado la piedra que les condena a ser Sísifo sine die. Es su castigo, por castigarnos a todos sin razón.
La diferencia está en que, mientras ellos operan con el resultante de la suma de todos los diezmos, bajo la promesa «bajo el brazo» de que lo usaran para formar a nuestra prole y, así asegurar que la Paz Social se preserve para el bienestar de todos, han decidido -a diferencia de los productores- confrontarse a las reglas del Mercado.
Solo, porque no son capaces de entender, que ya no ostentan la soberanía. Y que, tampoco, conservan la autoridad.
Pues, ni ya son titulares únicos del monopolio del «saber».
Ni en su afán de condenar a los ajenos por preservarse así mismos, la legitimidad.
Un escenario que, de no revertirse inmediatamente y a las puertas de Q4 de 2025, no solo provocará que la Numancia actual tenga un cartel que ponga «expertos» sobre sus cenizas,
sino la responsabilidad compartida ante un genocidio laboral tan extremo que, pondrá contra las cuerdas, hasta la «paz social»:
Si no hay empleo, no hay ingresos para el insaciable Leviathan ante él que todos, debemos rendir cuentas —con nuestra conformidad o no—.
Igual -si es que no son sinónimos- que a la muerte.
Esa es la verdadera «oportunidad» a la que deberían apuntalar los perseguidores de los «oportunistas».
Yo sé muy bien a quienes debo todo lo que sé dé inteligencia artificial generativa.
¿Y tú?
No hace falta ser un «experto», para averiguarlo.
Aunque otros se piensen que sí, porque es cuanto les queda.
«Hay en el hombre una constante necesidad de tener que hacer cosas y, si no tiene con qué ocuparse la mente, se ocupa del cuerpo y las fuerzas».
La insoportable levedad del ser, Milan Kundera (1 de abril de 1929-11 de julio de 2023).
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