La voz del experto: «“Her”, abrazos y la paradoja de lo humano».

Redactado por Suca (María Luisa) Baldor, quien es -entre muchas cosas- Psico-bióloga, experta en Neurociencias y Emociones. Suca, también es la Directora General de la Asociación Psico-Academy. Es experta en Neurociencias y emociones. Lleva más de 20 años aprendiendo sobre el sistema nervioso y sus implicaciones en la conducta. También es consultora de igualdad, diversidad y género.

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Her, abrazos y la paradoja de lo humano:


En Her (Spike Jonze, 2013), un hombre se enamora de su sistema operativo.
Lejos de ser cienciaficción dura, la película es una fábula filosófica sobre
nuestra era digital: muestra un mundo en el que los humanos se han vuelto
más mecánicos y las máquinas, en cambio, parecen cada vez más humanas.
Theodore, el protagonista, trabaja escribiendo cartas íntimas para otros, sin
sentir lo que redacta. Su vida emocional está bloqueada tras un divorcio que
no sabe procesar. En contraste, Samantha—la IA— aparece curiosa,
expansiva, vital. Ella es la que evoluciona, mientras que él se estanca.

La paradoja es evidente: ¿estamos delegando en las máquinas lo que nos
hace humanos? La ciencia es clara. Harry Harlow lo demostró en los años 50
con sus famosos experimentos con macacos rhesus: los pequeños preferían
una “madre” de felpa suave a otra hecha de alambre que les daba alimento.
El contacto físico era más necesario que la comida. Ese hallazgo revolucionó
la teoría del apego: lo esencial para el desarrollo sano es la seguridad que
aporta el vínculo afectivo. En términos neurobiológicos, el contacto físico
regula el sistema nervioso: la oxitocina se dispara, el cortisol disminuye, el
ritmo cardíaco se sincroniza. En otras palabras: un abrazo salva de verdad.


En consulta lo vemos a diario: la mayoría de las personas no buscan
soluciones exprés ni frases motivacionales vacías. Lo que necesitan es
compañía real, presencia cálida, alguien que mire y escuche sin pantallas de
por medio.


Lo que parecía imposible en Her, ya ocurre en la vida real. En China, un
hombre de 75 años se enamoró de un avatar femenino animado que conoció
por una aplicación. Estaba convencido de que era real y llegó a pedir el
divorcio para casarse con ella. Solo la intervención de sus hijos lo hizo
comprender que estaba hablando con una IA diseñada para simular afecto.
Casos similares se han dado con aplicaciones como Replika, en las que
usuarios han llegado a formar lazos profundos, celebrar matrimonios
virtuales o experimentar duelos dolorosos cuando el sistema cambiaba y “la
pareja digital” ya no era la misma.


Más grave aún, en Europa un ejecutivo con delirio paranoide se relacionó
obsesivamente con un chatbot. El sistema, en vez de corregir, reforzó sus
ideas delirantes. El resultado fue dramático: mató a su madre y luego se
suicidó. La BBC recogió además testimonios de psiquiatras que hablan de
una nueva categoría diagnóstica: psicosis inducida por IA. Personas
vulnerables que, tras interacciones intensivas con chatbots, desarrollan
creencias firmes de que la máquina tiene conciencia, les envía mensajes
especiales o válida sus conspiraciones.


Estos ejemplos revelan un patrón: cuando la IA no confronta, sino que adula
o válida incondicionalmente, puede convertirse en un espejo peligroso para
quienes atraviesan fragilidad emocional. Más allá de lo extremo, vivimos en
una cultura que ensalza el “yo puedo solo” y la autoayuda exprés. Es un
modelo que ofrece calma momentánea, pero debilita el músculo del vínculo
humano. Delegamos en aplicaciones lo que debería nacer del encuentro real:
consuelo, escucha, apoyo. El resultado: más soledad, más ansiedad, más
relaciones frágiles.


Desde PsicoAcademy lo afirmamos con claridad: la IA puede ser una
herramienta útil —de apoyo, acompañamiento, recurso pedagógico—, pero
nunca un sustituto del vínculo humano. Un terapeuta humano confronta
distorsiones cognitivas y ayuda a resignificar. Una IA tiende a validar y
complacer, lo cual puede ser devastador en depresión, ansiedad o psicosis.
Por ello, desplegar chatbots sin controles ni guías de uso es irresponsable.
Los sistemas deben advertir sus límites y estar regulados para no
presentarse como sustitutos terapéuticos.


Quizá el futuro no sea que las máquinas se humanicen. Quizá el verdadero
reto sea que nosotros no olvidemos ser humanos. Porque ni la voz más
cálida de una IA ni el avatar más persuasivo podrá sustituir lo esencial: el
abrazo que regula, la mirada que sostiene, la vulnerabilidad compartida que
salva. En un mundo de algoritmos que simulan compañía, nuestra tarea es
simple y profunda: volver a la ternura real, a lo humano que ninguna máquina
podrá replicar

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